Compañía Cubana de Electricidad demanda a la UNE

La demanda presentada por la histórica Compañía Cubana de Electricidad contra la Unión Eléctrica de Cuba y Energas bajo el Título III de la Ley Helms-Burton es mucho más que una pelea legal por una expropiación de 1960. En el contexto actual, con apagones prolongados, escasez de combustible y hospitales bajo tensión, el caso golpea donde más duele: en la legitimidad de un sistema energético que ya venía mostrando grietas profundas. La reclamación base asciende a 267,5 millones de dólares, pero con daños triples e intereses acumulados puede rozar los 802,7 millones.

El discurso oficial cubano insiste en que la crisis energética responde a una combinación de bloqueo, falta de financiamiento y presiones externas. La ONU, por su parte, reconoció en febrero que la escasez de combustible está poniendo en riesgo servicios esenciales en todo el país, y advirtió que los apagones afectan el agua, la canasta básica y la atención sanitaria. Ese es el marco político de fondo: La Habana acusa a Washington de asfixia, mientras organismos internacionales describen una emergencia humanitaria que ya se traduce en menos refrigeración de medicamentos, menos bombeo de agua y más vulnerabilidad para ancianos, embarazadas y familias pobres.

Pero el otro lado de la historia también importa. La demanda sostiene que la antigua compañía eléctrica estadounidense construyó buena parte de la infraestructura que hoy sostiene el sistema nacional cubano, y que la UNE y Energas operan sobre activos confiscados. Medios de la diáspora detallan que la reclamación apunta a instalaciones como Renté, Céspedes y Melones, y que Sherritt aparece salpicada de manera indirecta por su vínculo con Energas. Más allá del lenguaje jurídico, esto revela una paradoja incómoda: el Estado cubano defiende una red eléctrica nacida de la nacionalización revolucionaria, pero lo hace desde una infraestructura envejecida, sobreexplotada y sin capacidad financiera real para modernizarse.

En la vida diaria, el efecto no se mide en expedientes, sino en velas, colas y horas sin dormir. El Independiente reportó que las mulas y la leña han vuelto a ganar espacio en la economía doméstica y agrícola, mientras otras coberturas recientes hablan de un país con déficits de generación que rozan el colapso y con un turismo golpeado por la incertidumbre. Para trabajadores estatales, familias que dependen de la libreta, jóvenes que estudian o intentan emprender, y migrantes que sostienen hogares desde fuera, la crisis energética no es un debate técnico: es una factura más cara, una nevera vacía o un ingreso perdido.

La dimensión política del caso también es clara. Si la demanda prospera, puede presionar a Cuba y a sus socios externos; si se estanca, quedará como otra advertencia de que el aparato estatal vive sobre activos litigados, infraestructuras agotadas y una economía que apenas logra sostener servicios básicos. Lo verdaderamente revelador no es solo quién reclama, sino sobre qué realidad material se reclama: un país donde la soberanía se invoca desde el podio, pero la población sobrevive entre apagones, combustible racionado y servicios al límite. ¿Cuánto aguanta un sistema así antes de que la crisis deje de ser coyuntural y se convierta en un rasgo permanente? ¿Y quién termina pagando, una vez más, el costo social de esa disputa?