El sismo del 24 de junio dejó a cientos de familias en La Guaira viviendo entre carpas, horarios fijos y una incertidumbre que no termina de resolverse. En el Polideportivo José María Vargas, convertido en refugio temporal, la rutina gira alrededor del desayuno a las 9 de la mañana, el almuerzo al mediodía y las noches anticipadas para que los niños asistan a una escuela improvisada dentro del campamento. Mientras las autoridades hablan de campamentos y de evaluaciones de viviendas, muchas personas siguen sin saber si volverán a sus casas, si serán reubicadas o si tendrán apoyo para reconstruir su vida. ¿Puede un refugio organizado sustituir realmente la seguridad de un hogar?

Entre las voces más visibles está la de Veruska Isasis, quien contó que pasó la primera noche en el estacionamiento del polideportivo antes de que instalaran las carpas militares. Ella explicó que su apartamento no se cayó, pero quedó con grietas, el piso levantado y un miedo que no le permite regresar con tranquilidad: “A mí me da pánico entrar al apartamento”, dijo a CNN. También relató que tanto ella como su hija han necesitado apoyo psicológico porque el temblor les alteró el sueño y les dejó sobresaltos constantes ante cualquier ruido. Su testimonio muestra que el daño del sismo no fue solo material, sino también emocional y familiar.
Otra de las afectadas, Francelis Salazar, contó que decidió irse al refugio después de que su hijo “vomitó del susto” durante la noche del terremoto. Su vivienda sufrió daños en las columnas de la entrada, y aunque quiere repararla, no tiene claro cómo será el proceso ni qué apoyo recibirá. Además, dijo que perdió parte de su trabajo como peluquera porque muchos de sus clientes vivían en una de las zonas más golpeadas por el movimiento telúrico. En un tono parecido, Yamaris Salazar aseguró que una pared cayó sobre parte de su cocina y resumió su situación con una frase dura pero clara: “No es como estar en su casa, pero le doy gracias a Dios porque por lo menos estamos vivos”. ¿Cuántas vidas se pueden reorganizar cuando el techo sigue siendo una carpa?

La emergencia también golpeó la economía cotidiana de personas como Mercedes Rivas, quien antes del sismo trabajaba en la informalidad y ahora quedó sin posibilidad de volver a generar ingresos como antes. Ella afirmó: “Si yo no trabajo, no genero”, mientras cuida a su madre de 87 años y espera una decisión sobre el edificio donde vivían. En total, las cifras oficiales citadas por CNN hablaban hasta ese lunes de 107 campamentos para unas 23.000 personas, además de casi 18.000 sin vivienda, lo que da una idea de la magnitud de la emergencia. A eso se suma la promesa de Delcy Rodríguez de ofrecer soluciones habitacionales antes de que termine el año, aunque sin aclarar si se trata de refugios, reparaciones o viviendas definitivas. Esa falta de precisión alimenta la pregunta principal: ¿hay un plan real de recuperación o solo respuestas para salir del paso?
Más allá del presente, lo que preocupa es el futuro de estas familias y la capacidad del Estado para pasar de la atención humanitaria a la reconstrucción efectiva. Las historias recogidas por CNN muestran que la convivencia en el refugio ha creado redes de apoyo, pero también ha normalizado una vida provisional que nadie sabe cuánto durará. Veruska, Francelis y Mercedes representan tres caras del mismo problema: el miedo, la pérdida económica y la espera de una solución concreta. Un mes después del terremoto, el país no solo enfrenta paredes agrietadas y edificios dañados, sino también la tarea más difícil, que es devolver certezas a quienes lo perdieron casi todo.
