Pandillas en Cuba

Cuba, en medio de una de las crisis más profundas de su historia reciente, atraviesa otra problemática que tiene como protagonistas a los jóvenes: las pandillas juveniles, que han ido creciendo al punto de transformarse en bandas criminales dedicadas al tráfico de “químico” (droga casera) y otras sustancias, así como a asaltos, robos y extorsiones. En casi todos los barrios de La Habana hay una de estas bandas, cuyos integrantes poseen tatuajes identificatorios y se destacan en municipios como Arroyo Naranjo, Diez de Octubre, Cerro, Marianao, Guanabacoa, San Miguel del Padrón y La Lisa, según análisis de medios independientes como CubaNet, CiberCuba y Newsweek.

El discurso oficial, en este caso, es de silencio: las fuerzas de seguridad, según el régimen, están enfocadas en la lucha contra la delincuencia, en la prevención de delitos y en la protección de la población, y cualquier referencia a las pandillas es, en su versión, una “manipulación política” o una “desinformación” que busca desacreditar el trabajo de las instituciones. Pero la narrativa de los medios independientes y de las redes es radicalmente distinta: las pandillas no solo son una respuesta a la falta de oportunidades, sino que también ocupan los espacios que el Estado dejó vacío, ofreciendo “protección y seguridad” a los vecinos de esas zonas a fin de evitar asaltos, arrebatos de móviles y otros delitos, así como atrapar a los delincuentes para someterlos al “castigo de la comunidad”.

En redes sociales, la reacción es de alerta, pero también de reconocimiento. En Facebook, Instagram y YouTube, publicaciones como “Las pandillas juveniles en Cuba han crecido de forma acelerada, impulsadas por la crisis económica, la falta de oportunidades y el aumento de las drogas” se viralizan con frases como “esto es lo que produce la ausencia del Estado” y “¿y qué pasa con los que siguen sin recursos?”. La narrativa de las pandillas no es solo de denuncia, sino de una cultura que, en tiempos de crisis, usa la delincuencia como resistencia, y que, en muchos casos, se vuelve resistencia.

El impacto real en la gente es doble. Primero, simbólico: la expansión de las pandillas se convierte en un símbolo de que el Estado no está presente, sino que está en un proceso de descomposición, y que los jóvenes, como los miembros de las pandillas, son ejemplos de que la delincuencia no es solo un juego, sino una forma de resistencia. Segundo, material: la mayoría de los ciudadanos, en tiempos de crisis, dependen de la solidaridad de los vecinos, de la colaboración de las empresas y de la ayuda de los gobiernos locales, lo que hace que la delincuencia, en muchos casos, se vuelva una forma de resistencia, y no solo un juego.

La controversia también tiene un trasfondo político: en tiempos de crisis, la expansión de las pandillas se ha convertido en un escenario de resistencia, y los jóvenes, como los miembros de las pandillas, son ejemplos de que la delincuencia no es solo un juego, sino una forma de resistencia, que, en algunos casos, se vuelve instrumento de propaganda.

Lectura crítica y preguntas abiertas

La expansión de las pandillas no es solo un hecho criminal; es también un síntoma: ¿qué queda de una cultura que celebraba la resistencia en un mundo que ya no celebra la resistencia, sino que lo vigila? ¿Y cuántos legados como el de las pandillas, que dieron vida a libertades en la delincuencia, pasan sin que nadie sepa de ellos hasta que se desvanece?