El mundo de la música disco y la cultura gay de los años 70 perdió el pasado martes 30 de junio una de sus figuras centrales: Victor Willis, cantante principal, coautor y líder creativo de Village People, murió a los 74 años, un día antes de cumplir 75, como consecuencia de una “breve pero agresiva enfermedad”, según informó su esposa Karen Huff-Willis y la propia banda en un comunicado oficial en Facebook y Instagram. Hasta el momento, no se ha revelado la causa específica de su muerte: ni cáncer, ni infección, ni enfermedad respiratoria; solo la frase genérica que, en el protocolo discográfico de los años 2020, suele ser más un escudo de privacidad que un diagnóstico claro.
El discurso oficial, en el caso de Willis, es de homenaje sin ambages: “la industria musical en Estados Unidos está de luto”, “Victor Willis era, verdaderamente, una estrella del disco”, “nos sentimos profundamente tristes”. La familia y la banda lo presentan como un ícono de la música disco, coautor de himnos como YMCA, In the Navy, Macho Man y Go West, y como la voz que, además, dio vida a dos de los estereotipos masculinos más conocidos del grupo: el policía y el oficial de la Marina, disfrazados que hicieron del baile algo codificado, casi ritual, y que, en la cultura LGBT, se volvieron lenguaje propio.
En redes sociales, la reacción es de celebración con dolor: miles de cuentas de TikTok, Instagram y Facebook repiten el video de YMCA con el baile de las letras, mientras otros escriben “gracias por dar vida a la libertad en el baile”, “gracias por convertir el baile en un lugar de libertad”. Pero también hay comentarios más ásperos: “hoy se celebra el baile, pero ¿y la comunidad gay que aún vive en la clandestinidad?”, “¿y qué pasa con los que aún no pueden bailar sin miedo?”. La narrativa de Willis, en el fondo, no es solo de fiesta, sino de una cultura que, en los 70, usaba el baile como refugio, y que hoy, en muchos países, lo usa como resistencia.
El impacto real en la gente es doble. Primero, simbólico: YMCA y sus otros éxitos se han convertido en canciones que, en bares, en eventos, en fiestas, en Mundial de fútbol, en ceremonias, en celebraciones, se vuelven símbolos de orgullo y aceptación, y Willis es reconocido como el que puso la voz y el cuerpo a ese orgullo. Segundo, material: la música disco, en países donde la cultura LGBT aún es marginal, se ha convertido en una reserva de identidad; las canciones de Village People siguen siendo himnos, pero también son referencias de cómo el baile puede ser un lugar de libertad en un entorno donde la libertad no es garantizada.
La controversia también tiene un trasfondo político: en Estados Unidos, la canción YMCA fue utilizada en campañas de Donald Trump, y en México, la banda estaba programada para cerrar el Mundial de fútbol en Estados Unidos, tras la inauguración con el himno nacional en México, interpretado por Alejandro Fernández. Esto muestra que el legado de Willis no es solo musical, sino también político: su figura se ha convertido en símbolo de una cultura que, en diferentes contextos, se reapropia de la misma canción para fines distintos, y que, en algunos casos, se vuelve instrumento de propaganda.
La reflexión crítica es que la muerte de un ícono como Willis no es solo un hecho de luto; es también un síntoma: ¿qué queda de una cultura que celebraba el baile como resistencia en un mundo que ya no celebra el baile, sino que lo vigila? ¿Y cuántos legados como el de Willis, que dieron vida a libertades en el baile, pasan sin que nadie sepa de ellos hasta que se desvanece?
