Hoyt Wilhelm y Aroldis Chapman

Aroldis Chapman, el “misil” de Holguín, ha vuelto a escribir historia en las Grandes Ligas. Este diciembre 2026 logró su 1.363 ponche en la MLB, superando la marca de 1.362 que tenía el legendario relevista Hoyt Wilhelm, y además se consolida como el lanzador más rápido de la historia moderna, con envíos registrados hasta 105.1 mph y un récord absoluto de 106.9 mph en 2016. Chapman no solo lidera en velocidad absoluta; es el único que ha establecido la bola rápida más rápida para seis equipos diferentes de la MLB desde 2008, y sigue tirando a 100 mph o más con 38 años de edad.

El discurso oficial cubano lo celebra como “un orgullo de la nación”: prensa estatal destaca su pasaporte de “leyenda del bullpen”, con 8 veces All-Star, 2 Series Mundiales y el récord de 105.8 mph en Guinness. En redes, medios internacionales y cuentas de la diáspora, el acento se pone en la resistencia física: Chapman mantiene una velocidad media de 98.9 mph, la más alta entre relevistas con más de 500 entradas desde 2002, y sigue siendo un arma clave en el bullpen de Boston con efectividad de 2.19. La narrativa es la misma que siempre: “El cubano es un gigante, un genio, un récord”.

Pero la vida de Chapman no es solo números. Es un ex jugador de la selección nacional que en 2008 lanzó a 102 mph, estableciendo un récord en el béisbol cubano, y luego abandonó el país, rompiendo la cadena de lealtad que el sistema estatal exige. Hoy, mientras en Cuba los autores de béisbol estatal luchan con canchas destrozadas, bolas viejas y falta de combustible para viajar, Chapman rueda en un estadio con aire acondicionado, tecnología Statcast y cámaras de 360 grados. La gloria de él no llega a los que defensivamente siguen jugando con sombreros de plástico y sin zapatillas.

El impacto real en la población es doble. Primero, simbólico: cada vez que Chapman batea a 100 mph, se alimenta la idea de que el cubano es “el mejor” incluso en el extranjero, lo que alimenta la fantasía de que “si tú sales, también puedes”. Segundo, material: Chapman no paga en Cuba ni un dólar de sus contratos millonarios; su éxito no mejora las canchas, ni los uniformes, ni los buses. Lo que queda para el pueblo es la imagen de un “héroe” que ya no está, mientras los niños que ahora lo imitan en la calle no tienen pelota nueva ni entrenador con salario digno.

En redes, la reacción es mixta: algunos celebran “el récord de un cubano”, otros preguntan “pero ¿y los que siguen aquí?”. En Instagram y Facebook, clips de sus lanzamientos de 105 mph循环an con frases como “leyenda del bullpen” y “orgullo de Cuba”, pero también hay comentarios más duros: “orgullo para ellos, para nosotros solo el video”. El estado de ánimo del país, en ese hilo, es claro: hay admiración, pero también cansancio y resentimiento. Chapman es un ejemplo de lo que el sistema no pudo sostener: talento que se escapó y floreció fuera.

La paradoja es brutal: un lanzador cubano que domina historias de velocidad en la MLB, con marcas que ya no se van a romper, mientras en Cuba el béisbol se draining de talento, de dinero y de ilusión. ¿Qué significa que un hijo de este país sea “el más rápido del mundo” si esa velocidad no traduce en nada para los que lo imitan? ¿Cuántos más “misiles” como Chapman se van a necesitar para que el béisbol nacional vuelva a respirar, o el sistema ya ha decidido que su futuro es solo exportar, no construir?