¿Golpe lejano o golpe decisivo? Ucrania amplía su alcance sobre la industria petrolera rusa.”.

Ucrania volvió a atacar la refinería rusa de Ufa, ubicada en Bashkiria y a más de 1.300 kilómetros de la frontera, en una ofensiva que demuestra hasta dónde ha llevado Kiev su campaña de largo alcance. El presidente Volodimir Zelensky también informó de un ataque contra una fábrica de componentes para misiles en Penza, a unos 600 kilómetros del frente, lo que amplía el radio de acción de los objetivos ucranianos. “Cada día, nuestro plan para imponer sanciones ucranianas de largo alcance se está implementando”, escribió Zelensky, al agradecer a sus fuerzas por la precisión alcanzada. ¿Estamos viendo una estrategia para debilitar la maquinaria de guerra rusa desde la retaguardia o una escalada que puede alterar aún más el conflicto?

La refinería de Ufa no es cualquier instalación. Zelensky la describió como una de las principales productoras de lubricantes de la Federación Rusa, un producto clave para la industria y para el funcionamiento de maquinaria militar y civil. Además, la planta ya había sido atacada el 25 de junio, lo que sugiere que Ucrania está repitiendo golpes sobre puntos especialmente sensibles de la infraestructura energética rusa. En una guerra donde el combustible sostiene tanto el frente como la logística interna, golpear refinerías busca producir efectos que no siempre se ven de inmediato, pero sí se sienten en cadena. ¿Puede una instalación situada tan lejos del frente seguir siendo considerada segura por Moscú?

El impacto ya se deja notar en la vida cotidiana rusa. El propio Vladímir Putin reconoció que persisten problemas para automovilistas y empresas, admitiendo que “todavía hay colas en las gasolineras y encontrar el octanaje adecuado no siempre es fácil”, aunque intentó restarle gravedad al llamarlo un fenómeno “temporal”. Pero esa versión no parece convencer a todos, especialmente en ciudades como Moscú, donde un conductor entrevistado por AP dijo que “la situación no es muy buena” y que “la gente hace fila en todas partes”. Cuando el abastecimiento falla incluso en la capital, la crisis deja de parecer un problema regional y se convierte en un síntoma nacional. ¿Está Rusia logrando contener el daño o apenas lo está maquillando?

Los números respaldan la preocupación. Un recuento citado en el texto registra más de 50 ofensivas ucranianas contra refinerías, depósitos, terminales y otras infraestructuras petroleras en Rusia y en Crimea desde finales de marzo. Entre las instalaciones más golpeadas figura la refinería de Tuapse, en el mar Negro, atacada cuatro veces en poco más de dos semanas. Esa repetición muestra una campaña sostenida, no un episodio aislado, y apunta a deteriorar la capacidad rusa de procesar y distribuir combustible. Si los ataques se mantienen, ¿cuánto tiempo puede resistir una red energética sometida a tanta presión?

La consecuencia más visible es la caída de la producción. Según el analista Gary Peach, de Energy Intelligence, en junio Rusia procesó un 25% menos de crudo para combustible que un año antes, hasta 3,95 millones de barriles diarios, el nivel más bajo en más de veinte años. La producción de gasolina también bajó un 17%, hasta 850.000 barriles diarios, una cantidad insuficiente para cubrir la demanda interna. La exportación rusa de gasolina, además, es pequeña en comparación con su producción total, por lo que el golpe recae sobre todo en el mercado doméstico. ¿Puede una potencia energética sostener su imagen si su propio consumo interno empieza a resentirse?

La crisis ya obliga al Kremlin a tomar medidas incómodas. Rusia ha restringido la venta de combustible en zonas concretas y ha tenido que aceptar un deterioro visible en un sector que normalmente exhibe fortaleza estratégica. El problema no solo afecta a la economía, sino también a la percepción pública de control en un momento en que la guerra cumple ya cinco años de invasión a gran escala. Ucrania, por su parte, parece apostar a que cada ataque sobre refinerías, fábricas o depósitos añada presión sobre Moscú y acelere el costo político de la guerra. La gran pregunta es si estos golpes de largo alcance acercan realmente una salida o si solo consolidan una guerra de desgaste cada vez más dura.