La cifra de entre 80 y 100 millones de euros bloqueados en Cuba no es solo un problema contable: expone el desgaste de un modelo económico que durante años prometió rentabilidad a costa de dependencia y opacidad. El caso también deja en primer plano el choque entre la versión oficial de estabilidad y una realidad marcada por impagos, divisas inmovilizadas y retirada gradual de capital extranjero.
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La historia detrás del bloqueo
Según el análisis publicado por 14ymedio a partir de un texto del experto turístico Ignacio Vasallo, las hoteleras españolas ya dan por perdido ese dinero porque no pueden repatriar las divisas atrapadas en el sistema bancario cubano. La misma pieza recuerda que la inversión acumulada de esas corporaciones rondó los 160 millones de euros y que, durante años, el negocio funcionó con retornos altos gracias a contratos de gestión y empresas mixtas con el Estado cubano.
Ese esquema, que permitió construir alrededor de un centenar de hoteles, tenía una lógica muy clara: capital privado extranjero, propiedad estatal del activo y gestión delegada a las cadenas españolas. Con el tiempo, y especialmente tras la pandemia y el endurecimiento de sanciones contra estructuras vinculadas a GAESA, el margen de maniobra se fue estrechando hasta convertir la presencia empresarial en una apuesta defensiva más que expansiva.
Choque con el discurso oficial
La narrativa oficial suele insistir en que el turismo sigue siendo una palanca de desarrollo y una fuente de entrada de divisas, pero los datos publicados por elEconomista muestran una realidad mucho menos triunfalista. La inversión española en Cuba cayó a mínimos históricos, con solo 3,451 millones de euros desembolsados entre 2018 y 2025, y cinco ejercicios sin inversión alguna.
A eso se suma otro dato incómodo: las empresas españolas que comercian con el Gobierno cubano denuncian impagos y fondos que no pueden sacar de la isla por un total que EL PAÍS sitúa en torno a 300 millones de euros, y hasta 330 millones al sumar partidas retenidas que no se contabilizan como deuda formal. En otras palabras, el bloqueo no es un caso aislado sino un síntoma de una economía donde el dinero entra con dificultad y sale todavía peor.
Impacto en la gente
Aunque estas cifras afectan sobre todo a empresas y balances, sus consecuencias terminan cayendo sobre trabajadores, consumidores y proveedores locales. Cuando una cadena reduce operaciones, deja menos capacidad de empleo estable, menos compras a productores nacionales y menos circulación de dinero en una economía ya golpeada por inflación, escasez y deterioro de servicios.
En redes y medios independientes, el tema se lee también como otra señal del agotamiento del relato oficial sobre “resistencia” y “recuperación”. La retirada parcial de Meliá e Iberostar, o su repliegue hacia contratos más prudentes, alimenta la idea de que Cuba ya no es un destino seguro ni siquiera para socios históricos de largo plazo.
Lo que revela el caso
Más allá del sector hotelero, el caso deja ver una economía atrapada entre sanciones externas, centralización interna y una gestión que no logra generar confianza suficiente para retener capital. Para la población, eso se traduce en menos inversión, menos oferta de bienes y servicios, más precariedad y una dependencia creciente de remesas, informalidad y estrategias de supervivencia.
La pregunta de fondo ya no es solo cuánto dinero perdieron las hoteleras españolas, sino qué tipo de país puede sostener un modelo así sin erosionar aún más su base social. ¿Puede el Gobierno seguir presentando el turismo como salvación mientras los socios se marchan o congelan sus fondos? ¿Y cuánto más puede resistir la gente común mientras el debate económico se queda, otra vez, en cifras que no llegan al bolsillo?
