embajador cubano ante la ONU Ernesto Soberón Guzmán, sentado

La postura de Cuba frente a Estados Unidos volvió a quedar en el centro del debate después de que el embajador ante la ONU, Ernesto Soberón Guzmán, asegurara que La Habana está dispuesta a dialogar “sobre cualquier asunto”, sin temas prohibidos. En sus declaraciones, el diplomático insistió en que ese intercambio debe darse bajo principios de “reciprocidad y equidad”, y también bajo “respeto mutuo, igualdad de condiciones, respeto a la soberanía” y a la independencia de la isla. Esa apertura verbal, sin embargo, llega en un momento en que la realidad interna de Cuba sigue marcada por una fuerte escasez de medicamentos y por un malestar social que no se puede ignorar.

Soberón extendió además la disposición cubana hacia áreas de posible cooperación que van más allá de la política, entre ellas biotecnología, desarrollo de tratamientos médicos, fabricación de fármacos, energía, agricultura, turismo y acuerdos migratorios. Dentro de esa lista, uno de los puntos más sensibles es el Alzheimer, porque Cuba ha intentado mostrar su capacidad científica en el campo farmacéutico y médico como una carta de negociación y colaboración internacional. El problema es que esa imagen choca con la falta de acceso real a medicamentos básicos dentro del país, una contradicción que abre muchas preguntas sobre prioridades, capacidad productiva y alcance de esas ofertas de cooperación.

La tensión aumenta porque el propio embajador atribuyó gran parte de la situación a la presión estadounidense y a lo que describió como una “guerra económica” con impacto humanitario severo. Según las declaraciones citadas, también cuestionó la retórica de la administración Trump, al advertir que frases como “estamos listos para tomar el control de Cuba” o referencias a una posible agresión militar no ayudan a crear confianza ni facilitan un diálogo serio. En ese marco, su mensaje fue claro: Cuba busca paz y cooperación, pero reclama que se le “deje vivir” y que se respete su soberanía.

Del otro lado, la crisis de medicamentos sigue siendo el dato más duro de toda esta historia. Distintos reportes recogen que más de 90% de los cubanos ha tenido problemas para conseguir medicinas y que gran parte de la población enfrenta obstáculos incluso para acceder a fármacos básicos, algo que termina golpeando a las familias en su vida diaria. La explicación oficial mezcla varias causas: falta de dinero para comprar insumos, problemas de combustible para transportar mercancías, tensiones climáticas que afectan la producción y un sistema económico agotado por restricciones externas e internas. Esa combinación hace que cualquier discurso de cooperación internacional se mida no solo por lo que se promete fuera, sino por lo que realmente siente la gente dentro del país.

En medio de ese contraste, Cuba también insiste en mostrar capacidad científica y productiva. Reportes especializados sobre tratamiento farmacológico y Alzheimer señalan que existen desarrollos como NeuralCIM, con ensayos clínicos que habrían mostrado resultados alentadores en algunos pacientes, aunque sin que eso signifique una cura ni una solución definitiva a largo plazo. A la vez, el gobierno ha movido inversiones hacia sectores como electricidad, gas y agua, y ha abierto espacios para que cubanos en el exterior participen en proyectos de inversión, lo que deja una pregunta inevitable: ¿es esta una verdadera etapa de apertura o una estrategia para resistir la crisis sin cambiar el fondo del problema?