El humorista cubano Ulises Toirac publicó en su cuenta de Facebook un extenso texto escrito de madrugada en el que compara el momento actual de Cuba con el colapso de la antigua URSS y la aparición de los oligarcas surgidos desde dentro del propio aparato del Partido Comunista soviético. En su reflexión, recuerda que “a río revuelto, ganancia de pescadores” y cita el caso de Vagit Alekperov, ex viceministro de Petróleo y Gas de la URSS que terminó como gran accionista de Lukoil tras las privatizaciones, como un ejemplo de cómo antiguos cuadros del sistema terminaron apropiándose de recursos estratégicos. Toirac advierte que aquello fue un proceso “sin precedentes” que “cogió a todo el mundo movido”, pero que hoy está “requetestudiado… por todos los interesados, y cuando digo interesados no olvido a los intere$ados”.

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A partir de esa comparación, el comediante mira a las nuevas medidas económicas aprobadas en Cuba, un paquete de más de veinte reformas que abre más espacio a la inversión privada —incluida la de cubanos residentes en el exterior— y reduce el peso directo del Estado en algunas áreas, tal como ha reconocido la prensa oficial al describir el debate en el Comité Central del PCC y la Asamblea Nacional. Toirac discrepa de quienes dicen que es “más de lo mismo” y subraya que el detonante no es exactamente el mismo que en la URSS: en su criterio, aunque la presión popular se expresa en “cazuelazos” y descontento, el verdadero catalizador han sido las conversaciones discretas con el gobierno de Estados Unidos, combinadas con sanciones y restricciones que “apretan la tuerca” para obligar a La Habana a mover fichas económicas sin abrir necesariamente el sistema político.

En ese contexto, el humorista destaca un cambio clave: por primera vez, las nuevas disposiciones “no distinguen cubanos de no cubanos ni de adentro ni de afuera” en materia de inversión, algo que coincide con lo anunciado por las autoridades cubanas al permitir que residentes en el exterior participen en empresas privadas y proyectos financieros en la isla. Toirac dice que ese punto “le cuadra” y que “es lo que debió ser siempre”, pero introduce un “pero” central: propone que se excluya expresamente de cualquier participación en el nuevo entramado económico a los cuadros del PCC —“desde los municipios hasta la Nacional”—, así como a funcionarios del Poder Popular, oficiales de las FAR y el MININT y sus posibles testaferros. Su argumento es que hay recursos que “están costando vidas y miserias” y de los que no debería “sacarse lascas personales ni hoy ni nunca”.

Toirac admite que no sabe si esa “cláusula excluyente” chocaría con la Constitución, que otorga al Partido Comunista un papel superior incluso a la propia carta magna, pero insiste en que la idea es “indeclinable”. A su juicio, la prueba de fuego para saber si “el juego al duro viene al duro” será ver si estas leyes impiden que la misma élite política termine convirtiéndose en gran empresariado privado, “como ha venido siendo en secreto y a menor escala”, lucrando con “nuestros apagones, nuestra falta de comida y nuestra ausencia de medicinas”. En otro texto reciente, el propio Toirac resumió su escepticismo ante el paquete de medidas con una frase contundente: “Cambiaron el collar namá. El novelón seguirá siendo el mismo”, sugiriendo que ve cambios de forma, pero no de fondo.

La pregunta que abre su reflexión es si estas reformas —celebradas por el gobierno como un ajuste profundo del modelo para atraer capital, flexibilizar la planificación y permitir la inversión de cubanos en el exterior— acabarán replicando el patrón soviético de insiders transformados en oligarcas o si, como reclama Toirac, habrá “cláusula excluyente y transparencia” que impida a los actuales cuadros del poder convertirse en los principales beneficiarios de un país en crisis. ¿Quién podrá realmente invertir? ¿Qué controles habrá para evitar conflictos de interés? ¿Se abrirán los libros para que la población sepa quién está detrás de las nuevas empresas y fondos? Su texto no ofrece respuestas, pero sí deja claro que una parte de la intelectualidad crítica está mirando las reformas con lupa, temiendo que la historia de “a río revuelto, ganancia de pescadores” pueda repetirse con nombres y apellidos cubanos.